Manifiesto
La cocina no es espectáculo.
Es presencia.
Cocino para detener el tiempo,
para crear momentos donde la memoria aflora, los sentidos se agudizan y el silencio tiene permiso de existir.
El fuego no es una técnica para mí.
Es lenguaje, transformación y herencia.
Guarda memorias más antiguas que las recetas y enseña la contención mejor que cualquier norma.
No persigo la novedad.
Busco claridad.
La técnica importa solo cuando desaparece, cuando el dominio se vuelve invisible y la emoción toma el mando.
La tradición no es algo que se replique.
Es algo que se escucha.
Para honrarla, la reinterpreto con precisión, respeto e intención.
La naturaleza no es un recurso.
Es una maestra.
La temporada, la materia y el tiempo guían cada decisión.
Mi cocina es contemplativa.
Exige presencia, no prisa.
Invita al comensal a desconectar, a imaginar, a recordar.
Creo que la comida puede contener significado.
Que el sabor puede ser honesto, refinado y vivo.
Que el contraste y la armonía pueden coexistir sin exceso.
Cocino para quienes entienden que comer puede ser un acto de reflexión.
Que la belleza puede ser silenciosa.
Que la profundidad no necesita explicación.
Este es mi lenguaje. Mi disciplina. Mi compromiso y responsabilidad.