Los males de la creatividad: Cuando la originalidad pierde el criterio

La creatividad tiene una particularidad fascinante: puede producir ideas extraordinarias, pero no posee, por sí sola, la capacidad de distinguir entre una buena idea y una mala decisión.

En la gastronomía contemporánea, ser creativo se ha convertido casi en una exigencia. Parece que todo debe reinterpretarse, reinventarse o deconstruirse. Una combinación inesperada, una presentación desconcertante o un discurso elaborado pueden bastar para despertar la curiosidad. Sin embargo, la originalidad no garantiza la excelencia, del mismo modo que la complejidad no es necesariamente sinónimo de sofisticación.

Después de más de veinte años trabajando en cocinas, desarrollando conceptos gastronómicos y dirigiendo procesos creativos, he llegado a una convicción: uno de los mayores desafíos de la creatividad no consiste en generar ideas, sino en aprender a cuestionarlas.

Y, curiosamente, algunas de las lecciones que más me han servido para comprenderlo no las aprendí en una cocina.

Durante mis años de formación en la Universidad Francisco Marroquín, tuve un profesor de Publicidad, el señor Martín, de quien aprendí algunas de las lecciones más valiosas sobre el pensamiento creativo. Recuerdo especialmente su manera de explicar lo que denominaba los tres males de la creatividad: la diarrea focal, la urgentitis crónica y la egocentritis creativa.

Aquellos conceptos, nacidos de su experiencia en el mundo de la publicidad, me acompañaron mucho más allá de las aulas. Con los años, he descubierto hasta qué punto aquellas patologías también se manifiestan en nuestra profesión. Sus enseñanzas siguen siendo extraordinariamente pertinentes, aunque hoy las interprete y enriquezca desde mi propia experiencia.

Una de las etapas que más contribuyeron a consolidar estas ideas fue mi paso por Noma, especialmente durante los Saturday Night Projects. En aquellas sesiones, aproximadamente cuarenta cocineros, incluidos los practicantes, participábamos en el análisis de las propuestas creativas desarrolladas por nuestros compañeros. No bastaba con presentar una elaboración técnicamente correcta o una combinación interesante. Había que explicar la intención, defender las decisiones y aceptar que otros cuestionaran aquello en lo que habíamos trabajado.

Una observación que recuerdo particularmente bien era:

“There is too much going on on that dish, chef.”

Demasiadas cosas sucediendo en aquel plato.

En ocasiones, la recomendación consistía en eliminar componentes. Otras veces, el problema no estaba en los ingredientes, sino en la propia idea. Había que reconsiderar el concepto, preguntarse qué estábamos intentando expresar y si el resultado realmente respondía a esa intención.

Aquellas sesiones me enseñaron algo que continúa siendo fundamental en mi trabajo: tener muchas ideas es relativamente sencillo. Lo verdaderamente difícil es saber cuáles merecen permanecer.

Porque crear también consiste en renunciar.

Y es precisamente ahí donde reconozco el primero de aquellos males que me enseñó el señor Martín: la diarrea focal. Aparece cuando una propuesta intenta comunicar tantas ideas simultáneamente que termina perdiendo su identidad.

En gastronomía es fácil reconocer sus síntomas. Un producto local elaborado mediante una técnica francesa, acompañado de una fermentación nórdica, una salsa de inspiración asiática, un condimento latinoamericano y algún ingrediente inesperado que pretende aportar sofisticación.

No hay nada intrínsecamente incorrecto en combinar tradiciones o técnicas de distintas culturas. La cocina siempre ha evolucionado a través del intercambio, la adaptación y el descubrimiento. Algunas de las grandes transformaciones gastronómicas de la historia nacieron precisamente de esos encuentros.

El problema aparece cuando la combinación carece de una intención reconocible. Cuando los elementos parecen estar presentes únicamente porque resultan interesantes de manera individual, sin contribuir necesariamente a una idea común.

Un plato puede contener numerosos ingredientes y mantener una coherencia admirable. Otro puede utilizar apenas cuatro y resultar conceptualmente confuso. La cuestión no es la cantidad, sino la relación entre sus componentes.

¿Existe una jerarquía de sabores? ¿Qué elemento protagoniza la experiencia? ¿Qué aportan las texturas, las temperaturas y los contrastes? ¿Cada decisión responde a una intención o simplemente al deseo de incorporar otra idea?

La diarrea focal no es un exceso de ingredientes. Es un exceso de intenciones que compiten entre sí.

Y esta falta de enfoque no se manifiesta exclusivamente en la composición de los platos. También puede encontrarse en el lenguaje con el que los describimos.

Antes de visitar un restaurante tengo la costumbre de revisar su carta. Me interesa comprender qué propone, cómo entiende la cocina y, sobre todo, qué intenta comunicar. Es una primera aproximación a su identidad, incluso antes de cruzar la puerta.

Debo confesar que, cuando encuentro determinadas inconsistencias conceptuales, generalmente decido no visitarlo. No porque considere que una cocina deba responder a una tradición específica, sino porque espero encontrar algún indicio de pensamiento detrás de sus propuestas.

En Guatemala, recuerdo una carta que incluía un plato descrito de la siguiente manera:

«Noodles, romesco de gochujang, queso panela asado, hongos de temporada, cebollín, cilantro sazón, salsa macha».

Al leerlo, no pude evitar imaginar una conversación que sonaría aproximadamente así:

«Bonjour. Yesterday fui al supermercado a comprar parmigiano porque quería hacer un kimchi risotto».

Probablemente entenderíamos lo que aquella persona intenta decir. Pero ¿no resultaría una conversación bastante disparatada?

Algo semejante sucede cuando una carta acumula términos, técnicas y referencias culturales sin que resulte evidente cuál es la idea que los articula.

No cuestiono que un romesco pueda incorporar gochujang, ni que unos noodles puedan convivir con ingredientes mexicanos. Una combinación aparentemente improbable puede resultar extraordinaria. Lo que cuestiono es la ausencia de un lenguaje reconocible, cuando las referencias parecen reunidas por su atractivo individual y no por una intención compartida.

No probé aquel plato y, por tanto, no puedo juzgar su sabor ni su ejecución. Pero su descripción tampoco consiguió despertar mi interés por descubrirlo.

Y eso me parece revelador.

Una carta no es simplemente un inventario de ingredientes. Es una declaración de intenciones. Antes de que llegue el primer plato, las palabras ya han comenzado a construir expectativas, sugerir asociaciones y comunicar una determinada sensibilidad gastronómica.

Los ingredientes constituyen nuestro vocabulario. Las técnicas, nuestra gramática. Pero es el criterio lo que nos permite construir un discurso coherente.

Porque una cocina puede ampliar extraordinariamente su vocabulario y, sin embargo, seguir sin saber construir una frase.

Durante mi estancia en Noma aprendí que esa exigencia también alcanzaba a la manera de presentar nuestras creaciones. Recuerdo que, durante un briefing, uno de los cocineros describió una elaboración como scallop crudo. René Redzepi lo corrigió inmediatamente, recordándole que no éramos un restaurante italiano, sino que trabajábamos dentro del lenguaje de la New Nordic Cuisine.

Aquella observación, que podría parecer una cuestión terminológica menor, encerraba una lección sobre identidad y coherencia conceptual. No se trataba de cuestionar la legitimidad de una preparación italiana, sino de comprender que las palabras también evocan tradiciones, contextos y universos culturales.

La manera de describir un plato debía responder al mismo pensamiento que había inspirado su creación.

Con los años he comprendido que la sofisticación no consiste en utilizar un lenguaje más complejo, sino en encontrar las palabras precisas para expresar aquello que realmente queremos comunicar.

Porque el lenguaje también se cocina. Y, como sucede con los ingredientes, no todo lo que conocemos necesita terminar en el mismo plato.

Pero la falta de enfoque no es el único riesgo al que nos enfrentamos cuando intentamos crear. Existe otro, particularmente frecuente en una época obsesionada con la novedad: la urgentitis crónica.

Nuevos menús, nuevas aperturas, nuevos conceptos, nuevas colaboraciones. La presión por presentar algo diferente parece haber convertido la creatividad en una carrera permanente. Y, en medio de esa carrera, resulta fácil confundir la aparición de una idea con la conclusión del trabajo creativo.

Una combinación improvisada puede resultar deliciosa. La intuición, la experiencia y hasta la casualidad pueden producir descubrimientos extraordinarios. Sin embargo, cuando esa combinación debe reproducirse con consistencia, integrarse en una propuesta gastronómica y responder a determinados estándares, comienza otro trabajo.

Hay que comprender qué ha funcionado, por qué ha funcionado y cómo conseguir que vuelva a funcionar. Ajustar proporciones, estudiar temperaturas, resolver texturas, evaluar el equilibrio y comprobar que la ejecución no dependa exclusivamente de quien tuvo la idea original.

La improvisación puede ser el origen de un descubrimiento. No debería convertirse en el fundamento permanente de un proceso profesional.

La urgentitis crónica tampoco consiste simplemente en trabajar deprisa. Hay profesionales capaces de desarrollar grandes ideas en periodos extraordinariamente breves gracias a décadas de experiencia y conocimiento acumulado. La verdadera patología aparece cuando la urgencia sustituye al método y la necesidad de presentar algo nuevo se impone sobre nuestra capacidad de preguntarnos si realmente está terminado.

La creatividad necesita libertad para imaginar, pero también disciplina para madurar.

Y si la prisa puede impedir que una idea alcance su mejor expresión, nuestro propio ego puede convertirse en un obstáculo todavía más difícil de reconocer.

La egocentritis creativa, el tercero de aquellos males, aparece cuando el deseo de expresar nuestra individualidad comienza a adquirir más importancia que la calidad de aquello que estamos creando.

Todo creador necesita una cierta dosis de confianza. Sin ella sería complicado defender una idea original, asumir riesgos o sostener una visión frente a quienes todavía no consiguen comprenderla. Pero existe una diferencia entre tener una identidad creativa y convertir esa identidad en una justificación incuestionable.

A veces confundimos la crítica a una creación con una crítica a nuestra propia identidad. Y es una confusión peligrosa.

En cualquier proceso creativo serio debemos aceptar la posibilidad de que una idea que nos entusiasma no sea tan extraordinaria como imaginábamos. O que un ingrediente que nos costó semanas desarrollar no aporte realmente nada al resultado final.

El talento no nos exime de cuestionarnos. Nos obliga a hacerlo con mayor rigor.

Esta reflexión adquiere una dimensión especialmente interesante cuando observamos el papel que ha adquirido la provocación en algunas expresiones creativas contemporáneas.

La moda, el arte, el diseño y la gastronomía comparten una extraordinaria capacidad para provocar emociones, despertar preguntas y desafiar convenciones. Y considero valioso que lo hagan. El arte no tiene la obligación de resultar complaciente. Una creación puede incomodar, desconcertar o incluso producir rechazo y, aun así, poseer una enorme profundidad conceptual.

Pero también puede suceder lo contrario.

Hace poco observaba una propuesta de moda que recurría a una estética deliberadamente perturbadora: cuerpos deformados, referencias a la muerte, símbolos políticos y una narrativa de confrontación social. No me interesó tanto decidir si aquello me gustaba como comprender qué pretendía comunicar.

¿Existía una relación coherente entre el discurso y los objetos creados? ¿La provocación era necesaria para expresar aquella idea? ¿O constituía, fundamentalmente, un mecanismo para captar atención?

Estas preguntas me parecen más interesantes que cualquier valoración inmediata sobre su atractivo estético.

Porque una cosa es utilizar la provocación para comunicar una idea y otra muy distinta utilizar una idea para justificar la provocación.

En la alta gastronomía contemporánea también encontramos expresiones que recurren a imágenes inquietantes, referencias anatómicas, representaciones de la violencia o símbolos asociados con la muerte. Algunas buscan cuestionar nuestra relación con la alimentación, los sistemas productivos o determinadas contradicciones sociales.

Puedo respetar esas intenciones, admirar la complejidad técnica de sus ejecuciones y reconocer su valor conceptual sin que necesariamente compartan mi sensibilidad estética.

No toda creación debe perseguir la belleza convencional. Tampoco toda experiencia gastronómica tiene que limitarse al placer inmediato. Sin embargo, considero legítimo preguntarnos si la provocación aporta profundidad a una propuesta o si termina convirtiéndose en su principal razón de existir.

¿Qué queda cuando desaparece la sorpresa inicial?

¿La experiencia conserva su capacidad de comunicar? ¿Existe una relación sólida entre la narrativa, la técnica y el resultado? ¿La obra permite descubrir nuevas interpretaciones o simplemente reproduce una reacción previsible?

La intensidad emocional no debería confundirse automáticamente con profundidad intelectual.

Algo semejante sucede cuando la historia personal de un creador adquiere mayor protagonismo que su propia obra. Comprender sus experiencias, dificultades o convicciones puede enriquecer extraordinariamente nuestra interpretación, pero el contexto no debería sustituir al análisis.

Una historia conmovedora no garantiza una obra extraordinaria, del mismo modo que una propuesta técnicamente brillante no necesita necesariamente una historia conmovedora para justificar su existencia.

Podemos reconocer la legitimidad de una experiencia personal sin renunciar a cuestionar la calidad de aquello que se ha creado a partir de ella.

La empatía y el pensamiento crítico no son incompatibles.

En gastronomía, además, existe una particularidad que considero esencial: nuestras creaciones no se limitan a ser contempladas. También se huelen, se mastican, se degustan y se experimentan dentro de un contexto de hospitalidad.

Podemos construir discursos ambiciosos, pero las ideas necesitan encontrar una expresión tangible en la experiencia del comensal.

El plato no es solamente un vehículo para comunicar la idea. También es la evidencia de cómo hemos sabido desarrollarla.

Afortunadamente, también encontramos cocineros capaces de demostrar que la creatividad puede ser audaz sin resultar confusa, técnicamente compleja sin volverse pretenciosa y profundamente personal sin perder de vista a quien se sienta a la mesa.

Una de las experiencias que mejor recuerdo en este sentido fue una comida en GABA, en la colonia Condesa de Ciudad de México, en 2024, que compartí con mis amigos Diego Téllez y Beto Ballesteros.

Allí encontré una cocina extraordinariamente centrada, refinada y, sobre todo, deliciosa. Detrás de aquella propuesta estaba el chef Víctor Toriz, cuya creatividad me impresionó precisamente por su claridad.

Recuerdo platos como la col tatemada con mayonesa de queso Ocosingo, los pepinos con XO de cilantro y crema cultivada, o una combinación tan sugerente como tomate, mamey y macadamia. También una tostada de 'nduja de chile costeño con crema de quesillo, unos esquites de maíz cacahuazintle con mollejas de pollo y un tartar de cecina de wagyu con hormiga chicatana.

Preparaciones que incorporaban referencias culinarias diversas, productos mexicanos, técnicas contemporáneas y asociaciones poco convencionales. Sin embargo, lejos de parecer un ejercicio de acumulación, encontré una propuesta gastronómica con personalidad y sentido.

No necesitaba recurrir a una complejidad gratuita para demostrar conocimiento. Las combinaciones estaban concebidas para construir una experiencia gustativa, no para enumerar las influencias del cocinero.

Había audacia, pero también contención. Había conocimiento, pero no una necesidad evidente de exhibirlo.

Y, sobre todo, había sabor.

Pero hubo un plato que recuerdo especialmente: una pesca a la parrilla acompañada de salsa verde y kale asado.

Su composición era sencilla en apariencia, pero transmitía una enorme seguridad. El pescado, marcado por el fuego, conservaba todo el protagonismo. La intensidad de la salsa verde y el contraste vegetal del kale complementaban una elaboración cuya fuerza residía en la precisión, el equilibrio y la calidad de su ejecución.

No había necesidad de construir un discurso complicado alrededor del plato. La propuesta se explicaba a través de sus ingredientes y de cómo habían sido tratados.

Y estaba delicioso.

Porque podemos analizar durante horas la originalidad conceptual de una elaboración, pero la experiencia gastronómica también exige comprobar cómo esa idea se expresa en el paladar.

En GABA encontré precisamente esa correspondencia entre intención, técnica y placer.

Sin embargo, hubo algo más que terminó de convertir aquella comida en una experiencia memorable: la hospitalidad.

El servicio fue excelente y Víctor salió personalmente a saludarnos y presentar sus platos. Recuerdo su cercanía, la naturalidad con la que compartía su trabajo y una actitud que me transmitió una humildad que valoro especialmente en una profesión donde la figura del chef puede llegar a adquirir tanto protagonismo como su cocina.

No pretendo conocer sus motivaciones más íntimas a partir de una sola experiencia. Pero aquella comida me dejó una impresión muy clara: Víctor cocina con amor, no con ego.

Su personalidad estaba presente en cada plato, pero nunca sentí que intentara imponerse sobre ellos ni sobre nosotros.

Y esa diferencia me parece extraordinaria.

La humildad no es ausencia de ambición creativa. Tampoco implica renunciar a una identidad propia. Es comprender que una obra puede llevar nuestra firma sin necesidad de convertirnos en sus protagonistas.

Un cocinero puede tener una visión muy personal, defenderla con convicción y desarrollar una cocina de enorme sofisticación sin olvidar que, al otro lado de sus creaciones, existen personas que han venido a disfrutar.

Quizá por eso recuerdo aquella comida con tanto cariño.

No solamente disfruté de una sucesión de platos extraordinarios. Me sentí bien recibido, atendido y partícipe de una experiencia que trascendía la cocina.

En 2026, GABA recibió su primera estrella Michelin. Me alegró especialmente conocer la noticia porque guardaba un recuerdo magnífico de aquella visita, realizada antes de que llegara ese reconocimiento.

No considero que los premios sean necesarios para legitimar una buena experiencia gastronómica. Pero siempre resulta gratificante observar cómo un proyecto que admiramos continúa creciendo y recibe el reconocimiento de otros profesionales.

Y encuentro en la cocina de Víctor un ejemplo particularmente valioso para esta reflexión.

Una cocina puede tener personalidad sin caer en la egocentritis, incorporar numerosas referencias sin padecer diarrea focal y evolucionar sin convertir la novedad en una obligación permanente.

La creatividad madura no necesita demostrar todo lo que sabe. Necesita saber qué hacer con todo lo que conoce.

Con el tiempo he llegado a apreciar cada vez más una virtud que rara vez recibe el mismo reconocimiento que la originalidad: la capacidad de editar.

Eliminar un ingrediente innecesario. Simplificar una técnica. Abandonar una combinación que no termina de funcionar. Renunciar a una presentación espectacular cuando no contribuye a la experiencia.

Son decisiones que difícilmente generan titulares, pero que pueden transformar radicalmente la calidad de una creación.

Y no se trata necesariamente de defender el minimalismo.

Una cocina puede ser expresiva, compleja, exuberante y profundamente sofisticada sin perder su coherencia. Del mismo modo, una propuesta aparentemente sencilla puede carecer por completo de intención.

La verdadera sofisticación no consiste en utilizar pocos elementos, sino en comprender por qué utilizamos cada uno de ellos.

Tampoco pretendo defender una gastronomía conservadora ni establecer límites arbitrarios a la imaginación. Al contrario, admiro profundamente a quienes cuestionan lo establecido y se atreven a explorar territorios desconocidos.

Pero creo que cuanto mayor es nuestra libertad creativa, mayor debería ser también nuestra exigencia intelectual.

Las ideas necesitan investigación, conocimiento, técnica, sensibilidad y, sobre todo, la disposición a ser cuestionadas.

Porque la creatividad no consiste únicamente en tener algo que decir. Consiste en descubrir cómo decirlo de la mejor manera posible.

Tal vez el verdadero problema de nuestra época no sea la falta de imaginación, sino la dificultad para ejercer el criterio sobre todo aquello que imaginamos.

Y después de tantos años dedicado a este oficio, sigo encontrando una enorme satisfacción en ese ejercicio: observar, cuestionar, corregir y, cuando es necesario, tener el valor de empezar de nuevo.

La creatividad produce posibilidades. El criterio decide cuáles merecen sobrevivir.

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La curiosidad como forma de riqueza